“CoronApp expone a las personas a riesgos innecesarios relativos a los datos”

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El jueves 16 de abril, el Presidente Sebastián Piñera anunció el lanzamiento de CoronApp, la aplicación que servirá para tener un mayor control y prevención del COVID-19, además de entregar ayuda remota a quien pueda estar contagiado.

Para usarla, las personas deben registrarse ingresando su número de cédula de identidad, teléfono, correo electrónico, comuna de residencia y edad, pero también se puede ingresar con Clave Única, misma utilizada para la Comisaría Virtual. La aplicación permite al usuario monitorear hasta 8 personas al mismo tiempo, informando sus síntomas al sistema: temperatura corporal, presencia de tos o flema, o problemas respiratorios agudos.

Para analizar la nueva aplicación “CoronApp”, Base Pública entrevistó a Vladimir Garay, Director de incidencia de Derechos Digitales, organización que tiene como objetivo fundamental el desarrollo, la defensa y la promoción de los derechos humanos en el entorno digital.

Expertos en tecnología han señalado que el “CoronApp”, tiene fallas de usabilidad y de privacidad. ¿Qué factores se deben considerar para que las aplicaciones sean eficientes y den confianza a los usuarios?

En primer lugar, es importante mencionar que, si bien la tecnología puede ser una herramienta muy útil en el manejo de la crisis, una aplicación —cualquiera que sea— no va a solucionar el problema por sí misma. En ese sentido, una aplicación o cualquier otro desarrollo tecnológico va a ser útil en la medida en que sea coherente con una estrategia mayor y omnicomprensiva de las distintas aristas problemáticas que el COVID-19 hace coincidir. Y por ello, es fundamental que las autoridades cuenten con el respaldo y la confianza de la ciudadanía; de otra forma, cualquier medida propuesta va a ser recibida con suspicacia. Y esto evidentemente sobrepasa la capacidad de una app, es previo.

Así, una herramienta técnica correctamente desarrollada para hacerle frente al COVID-19 debería estar al servicio de la respuesta médica, que considere las capacidades y necesidades del sistema de salud, a la luz del desarrollo científico. Y en ese sentido, las posibilidades son muchas: quizás una comunidad requiere un buen sistema que ayude a mantener a la población informada sobre las distintas medidas que está tomando el Ministerio de Salud. Con esto quiero decir que la trazabilidad no es la única respuesta, más todavía si la autoridad no tiene la capacidad de recolectar información de forma precisa y, consecuentemente, procesar esa información para tomar decisiones. En esos casos, la aplicación no va a resultar útil y, por el contrario, puede aportar a la confusión, la desinformación y un falso sentido de seguridad, que puede terminar siendo fatal.

¿A dónde pueden ir a parar los datos introducidos en la aplicación?; ¿qué comparaciones hace con aplicaciones similares que se han desarrollado en otros países?

En aquellos casos en los que se opte por intentar generar información de trazabilidad del contagio, es importante además que las reglas que rigen la utilización de esta tecnología sea clara respecto a la excepcionalidad de su uso, estrictamente circunscrito al contexto de emergencia; claridad respecto al tipo de datos que se van a recabar, que deben ser aquellos estrictamente necesarios para monitorear al virus y no a las personas que lo portan, y los usos que se les darán a estos datos; especificar quiénes están a cargo del sistema, quiénes pueden acceder a los datos y las medidas que se tomarán para restringirlo a los motivos y las personas señalados; además establecer medidas que permitan terminar el acceso a los datos y su eventual eliminación, superada la crisis o cuando no sean necesarios.

 

 

Junto con ello, es súper importante contar con mecanismos de control externo y rendición de cuentas que permita fiscalizar y sancionar fuertemente la desviación de finalidad en el acceso y uso de los datos. Esto último en particular para proteger a los titulares de los datos de futuras discriminaciones arbitrarias en materia laboral, de salud, previsión o beneficios sociales, ya sea por el Estado o por agentes privados, por haber sido portadoras de COVID-19.

En ese sentido, los desarrollos que hemos visto en Chile y América Latina de “coronapps” es que son en general problemáticas, precisamente por no considerar estas medidas fundamentales.

Pensando en las ciudades y territorios, ¿CoronApp puede ayudar a la descentralización de la información y atención?

Por un lado, el problema con la atención es que los centros de salud facultados para poder realizar los testeos son los mismos con aplicación o sin aplicación; y, al igual que los tests disponibles, son limitados. En ese sentido, la posibilidad de hacer un autodiagnóstico a través de la aplicación plantea el potencial peligro de ayudar a saturar los servicios de salud, en la medida en que más gente va a ser dirigida a ellos, quizás con una sintomatología leve. Evidentemente, si es que hubiese tests suficientes para analizar a la mayor cantidad de población posible, sería de gran ayuda. Parece ser que las mejores respuestas van en esa línea. Pero eso es algo en lo que, lamentablemente, una app no puede ayudar.

Por otro lado, la posibilidad de entregar información actualizada y confiable es interesante como alternativa, y sumada a los otros canales de información podría ser una buena opción. Lo que habría que ver ahí es en qué medida las personas que tengan el interés por descargar esta aplicación son realmente las que necesitan ser informadas y no aquellos que están más atentos a los eventos noticiosos relativos al COVID-19. En ese sentido, la pregunta es precisamente cómo informar a ese sector de la población que probablemente ni siquiera sabe que hay una aplicación disponible.

¿Cómo esta iniciativa garantiza la entrega de información en los territorios más rezagados?; ¿qué pasa con la brecha digital?

Ese es un problema muy importante tanto en Chile como en el resto de la región a la hora de dar respuestas tecnológicas al COVID-19. Los más recientes estudios científicos en la materia establecen que para que una app tenga utilidad en la contención de la pandemia, su nivel de adopción debe ser cercano al 60%. Y eso es muy difícil de lograr en el continente, donde tanto los dispositivos como el acceso a internet son muchas veces privativos. Entonces, nuevamente la pregunta es: ¿cuál es el objetivo de la aplicación?; ¿cómo se condice con la realidad y los recursos del país?; ¿cómo se complementa con el resto de la estrategia desplegada por el gobierno?.

Finalmente, ¿ayuda o no en la lucha contra el Coronavirus?

Nuestro análisis es que la utilidad de la aplicación es bastante reducida. Sus funcionalidades son problemáticas, no solamente porque exponen a las personas a riesgos innecesarios relativos a los datos que recaban, sino también por cuestiones como la posibilidad de reportar conductas o eventos de riesgo, que se presta para ser utilizada de forma indebida o derechamente abusar de esta vulnerabilidad, para molestar a alguien. 

El control de la cuarentena descansa en tecnología que no es suficientemente confiable, pero además en la voluntad de los usuarios y usuarias en usar la app como es debido. Claramente, alguien que busque romper la cuarentena no va a usar la aplicación.  Y junto con ello, los problemas de infraestructura y conectividad que reducen de manera importante el universo de posibles usuarios, por mencionar algunos de los grandes problemas que tiene la aplicación.

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