opinión

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No es fácil, en esta coyuntura, poder reflexionar en profundidad sobre el impacto del COVID-19 en el mundo y en Chile. En algunos países, las informaciones sobre contagios y fallecidos suben progresivamente, en otros de manera repentina y de ahí no paran. Las metodologías estadísticas varían y con ellas la “vulnerabilidad” de los países, tanto en los mercados financieros como en los pasillos de los hospitales públicos y clínicas privadas. 

También es difícil imaginar si este tipo de pandemias nos harán repensar seriamente sobre “las reglas del juego”, sobre nuestros patrones productivos, comerciales y de consumos que, inexorablemente, tienen repercusiones en la naturaleza y en cómo nuestra especie se relaciona con las demás. 

Sin embargo, es importante poder buscar caminos de sostenibilidad, colaboración y corresponsabilidad frente a lo que acontece, descartando las soluciones “parche”, las elecciones individuales o el “sálvense quien pueda”… quien pueda volar y no transitar por las calles.

Desde Gestión Social, empresa consultora que hace más de 15 años busca construir caminos innovadores especialmente con grandes empresas, lanzamos un breve estudio en colaboración con Acción Empresas. La inquietud era simple: ¿Qué están haciendo las empresas frente a esta contingencia? Preguntamos a más de 200, nos respondieron 59 de diferentes rubros, empresas mineras, forestales, constructoras, inmobiliarias, sanitarias, logística y transporte, entre otras. 

Todas han implementado teletrabajo y el 71% ha paralizado actividades en algunas de sus operaciones u oficinas. Por otro lado, un 29% decidió apoyar económicamente a sus trabajadores, mientras que otro 51% está considerando hacerlo. Es un dato no menor, especialmente en un contexto como el chileno que, antes de la pandemia, estaba viviendo un amplio descontento político, económico y social, donde los abusos y las desigualdades estuvieron más presentes que nunca en el debate sobre cómo cambiar las reglas del juego.

A pesar de que muchas empresas tuvieron que paralizar ciertas operaciones, el 66% de las encuestadas responde no haber tenido problemas de continuidad operacional. Sin embargo, el 59% sí considera que tendrá pérdidas significativas. 

Otro dato relevante guarda relación con la cadena de suministro: el 49% no ha tomado ninguna medida respecto a sus proveedores. Aquí es necesario detenerse un poco, ya que este tipo de emergencias sanitarias no nos deberían obligar a pensar solamente en cómo mantener ventas y flujos de caja, sino también en base a qué tipo de producción y modalidades comerciales queremos seguir promoviendo mayor y mejor bienestar en la población. 

La disminución o el cierre parcial de ciertos flujos comerciales globales, y su impacto en el medio ambiente, nos llaman a preocuparnos (una vez más) de la necesidad de relocalizar los procesos productivos y concentrar esfuerzos en lo necesario, más que en superfluo. Establecer claramente los límites es clave. 

La decisión que muchas empresas en el mundo tomaron de empezar a producir mascarillas, alcohol gel o respiradores mecánicos, no puede guiarse solo por la solidaridad o la opción de un nuevo nicho de mercado en situación de contingencia. Debiera ser más bien el resultado de una reorganización societal conjunta, respondiendo a los desafíos de un mundo distinto.

En ello tendrá que cambiar profundamente la relación entre trabajadores, empresas privadas o cooperativas, los representantes políticos, la institucionalidad y el entorno. En este sentido, los datos de la encuesta de Gestión Social y Acción Empresas evidencian que las empresas chilenas aún deben asumir un mayor compromiso con las comunidades.

Si el virus lo venceremos juntos, “solo” nos queda por entender que también de forma colectiva podremos cambiar las reglas y construir una civilización más sostenible y menos desigual. 

*El contenido de esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de quien la escribe y no representa necesariamente la postura de la Fundación Base Pública.

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