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De la ciudad de la furia a una amigable con las personas mayores

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El diagnóstico es claro: Chile es un país envejecido, donde una de cada cinco personas es mayor de 60 años (Censo 2017) y a nivel latinoamericano tenemos la segunda expectativa de vida más alta después de Costa Rica (OMS, 2016). Este fenómeno demográfico plantea un conjunto de desafíos para el Estado y la sociedad, considerando el carácter multidimensional de las necesidades de este grupo etáreo.

La vejez, en ese sentido, no es sinónimo de enfermedad, muy por el contrario, hoy las personas de seis décadas y más cuentan con alrededor veinte años por delante para seguir activos. Lo relevante es que para que ellas y ellos puedan desarrollar y alcanzar sus proyectos y sueños, respetando su esencia humana y pidiendo su opinión, existan los incentivos, las condiciones y las políticas públicas que impacten directamente en su bienestar y calidad de vida.

Para ello, el rol que cumplen los gobiernos locales es fundamental, si pensamos en las llamadas “Ciudades Amigables”, concepto que fue parte de un proyecto concebido en junio de 2005 para el XVIII Congreso Mundial sobre Gerontología en Río de Janeiro, Brasil. “Una ciudad amigable con los mayores alienta el envejecimiento activo mediante la optimización de las oportunidades de salud, participación y seguridad a fin de mejorar la calidad de vida de las personas a medida que envejecen”, señalaba un documento asociado a la OMS.

De aquel hito han transcurrido 14 años y nuestro país continúa trabajando con la Organización Mundial de la Salud, a través de la iniciativa internacional “Ciudades y Comunidades Amigables con las Personas Mayores” que está incluida en el programa de Gobierno “Adulto Mejor” con el apoyo del SENAMA. El propósito es que las municipalidades del país adhieran a la red y sean certificadas por la entidad como localidades más inclusivas con la tercera edad, y con ello también reciban recursos.

Un plan que en teoría suena bien, pero en la práctica es un verdadero reto, al constatar que no estamos todavía a la altura de un país envejecido y menos de una ciudad y comuna con esas características.

Cada 15 de junio conmemoramos el Día Mundial de la Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, sin embargo muchas veces en el día a día nos cuesta levantar la cabeza en el Metro o en el transporte público,- que merece ser cómodo, digno y con pasaje rebajado-, para atender una demanda de asiento de alguien con movilidad reducida, o construimos veredas, que en vez de favorecer la participación social o el ejercicio físico, se convierten en un peligro latente de caídas. Qué decir de los tiempos de los semáforos para cruzar con luz verde, o los edificios públicos sin ascensor, los lugares con falta de ventanilla preferencial o baños en caso de urgencia. Más que amigable, parece la ciudad de la furia con los mayores.

A la luz de lo anterior, nosotros debiéramos ser los primeros “defensores mayores” y no sólo en la urbe, también en los barrios, condominios o departamentos y por supuesto en nuestra propia familia. Porque el maltrato es cualquier acción u omisión que produce daño y que vulnera el respeto a su dignidad y el ejercicio de sus derechos como persona (2012, SENAMA), empecemos por nosotros mismos, para lograr la anhelada conciencia y una cultura del buen trato con quienes nos precedieron y construyeron esta angosta faja de tierra.

*El contenido de esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de quien la escribe y no representa necesariamente la postura de la fundación Base Pública.

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