Hambre Cero: Desafío al Milenio en Primera Persona

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 Una tarde de domingo, después de almorzar en casa de mi tía, la familia se congregó en el living para mirar fotos y tomar té. Entre los álbumes empolvados, poblados de recuerdos blanquinegros, aparece esta foto a color, donde por primera vez veo a mi abuela con su pelo oscuro. También veo a varios de mis tíos, aunque tres de ellos ya no están con nosotros. Mi mamá es la más pequeña del centro; la que viste ropas heredadas de sus hermanas, con zapatitos rotos y delantal blanco.

La familia Salgado Gascón, ambos padres y ocho de sus 11 hijos, posa en el antejardín de su casa en la Población Quintabella, hoy perteneciente a la comuna de Recoleta pero que por ese entonces, probablemente en 1966, formaba parte de Conchalí. En la esquina izquierda un vecino se las arregló para aparecer en el encuadre, dejando espacio para que los pastelones resquebrajados de un pasaje semi pavimentado dieran cuenta de una precariedad que no era excepción en Chile ni en América Latina. Según un informe de Cepal, un 40% de la población regional estaba sumida en la pobreza para fines de los años 60. En tales condiciones, la fotografía a color era un lujo que pocas familias chilenas podrían darse. ¿Cómo sacaron esta foto?, pregunto curiosa a mi mamá y mis tías. “Es que nosotros fuimos parte del programa del doctor Monckeberg”, me responden, “y esta foto la sacaron ellos”.

Familia Salgado Gascón en el año 1966
Familia Salgado Gascón, en el año 1966

Aunque no recuerdan el nombre del programa con exactitud, lo cierto es que la instalación de planes y estudios para combatir la desnutrición fueron la tónica de los años 50 y 60. Según un documento elaborado por expertos chilenos en el marco de la conferencia “Hacia la Erradicación de la Desnutrición Infantil en América Latina y el Caribe” del año 2008, en la década del 60, 37% de los menores de 6 años padecía de desnutrición en Chile (considerando los niveles de severa, moderada y leve). Igual de alarmante era la tasa de mortalidad infantil, donde por cada mil niños que nacían en 1960, 120 morían a causa de bronconeumonías y diarreas.

Fernando Monckeberg, quien obtuvo el título de médico en 1952, vio de cerca esta desolación.“Mi primer contacto fue en una población marginal de aquella época, La Legua; la misma que está ahora, pero con la diferencia que en ese tiempo era una ocupación, con casuchas de madera y cartones, de materiales muy ligeros, sin agua potable y sin alcantarilla. Ahí un curita de apellido Maroto, que vivía ahí, me pidió que fuera a atender niños porque se le morían como moscas. Te hablo del año 50 y yo estuve ahí aproximadamente dos años. Yo creo que ese fue mi postgrado. Ahí aprendí lo que era la pobreza y las necesidades para el desarrollo de los hijos. Creo que eso me marcó en tal forma que el resto de mi vida profesional se dedicó a ver y estudiar este factor”, me cuenta.

Los estudios del Dr. Monckeberg en la población La Legua tuvieron amplia repercusión internacional, por describir el permanente daño físico e intelectual causado por las condiciones de pobreza y marginalidad.

“En uno de mis primeros trabajos científicos, que posteriormente provocó mucho impacto, trataba yo de ver la comunicación entre madre e hijo. Este trabajo consistió en medir el medio de comunicación, que era la palabra, y en un grupo de unas 20 familias me permitieron colocar una grabadora en su casa, para medir las palabras que una madre utilizaba en su conversación diaria. Los resultados fueron que el promedio de palabras que una madre utilizaba eran 180 palabras. ¡Y no era que le faltaran palabras! sino que su mundo era contingente, concreto, del momento, sin proyección hacia el futuro, sin recuerdo hacia el pasado. Entonces, pasé luego a medir los coeficientes intelectuales de esas madres y evidentemente había un retraso importante”.

¿Y ese retraso era causado por la desnutrición?

“¡La palabra desnutrición no existía! No se conocía no porque no existiera, sino que no se estimaba que fuera la causante de todos esos daños que estábamos viviendo en la población adulta o en los niños, cuyos primeros años ya evidenciaban un retraso en el crecimiento y el desarrollo. Una de las cosas importantes que a mí me tocó comprobar, es que eso era debido a una desnutrición, que estaba afectando a la población infantil en los primeros periodos de la vida, cuando eran las necesidades más altas de nutrientes”.

EL MAL OCULTO

En 1957, Fernando Monckeberg creó el Laboratorio de Investigaciones Pediátricas, que serviría de cimiento para crear un año más tarde el Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA), de la Universidad de Chile. Desde esta plataforma, dio inicio a un campo de investigación inexplorado, buscando dar sustento a su identificación de la desnutrición como causa de la mayor parte de los problemas de salud que por ese entonces afectaban a la población más pobre del país.

“Fui dándome cuenta de lo importante que eran los primeros periodos de la vida, cosa que en esos tiempos no se hablaba. Me significó como 10 años de investigación, en donde pudimos sentar varios principios fundamentales. El principio era que la desnutrición era muy prevalente en Chile y afectaba fundamentalmente a los niños durante los primeros periodos de la vida. Eso ponía en juego la sobrevida del paciente durante sus primeros años, con un alto riesgo de morir a edades tempranas y con el daño más grave en los que sobrevivían, con un retardo en el desarrollo cerebral que los iba a perseguir por toda la vida”, explica. 

“Debo recordar que en aquella época la estructura social de Chile era muy diferente a la de hoy. Los grupos socioeconómicos en condiciones aceptables eran casi la punta del dedo. La gran masa era una población en la cual había restricciones de todo tipo, y en las que había condiciones muy adversas de sobrevida. Las condiciones sanitarias eran deplorables. Poco a poco con la investigación nos fuimos dando cuenta de por qué morían. No era que murieran de hambre; fallecían de una subalimentación crónica, en la que eran fácilmente infectados por un medio ambiente adverso sanitariamente, en el que tenían altas posibilidades de enfermarse de trastornos respiratorios en el invierno, y fallecían de bronconeumonia, o de diarrea en los veranos, y morían por una infección digestiva. Nosotros lo llamábamos el mal oculto”.

MOCHILA PESADA PARA CHILE

La desnutrición no era el foco de las investigaciones en Chile, pero tampoco lo era en el resto del mundo. En este contexto, el Dr. Fernando Monckeberg y el equipo de investigación del entonces Laboratorio de Investigaciones Pediátricas, fueron precursores en focalizar su atención en la desnutrición como causa, y no como condición accesoria a las múltiples carencias que conlleva la pobreza.

“Hay que mirar el problema en su contexto global. Estas eran cosas que no se conocían en el mundo desarrollado y teníamos que hacer nosotros nuestra propia investigación para darnos cuenta. Esas primeras investigaciones me dieron mucha fama y obtuve una beca que me permitió formarme en investigación en la Universidad de Harvard. Mi principal objetivo fue traer recursos económicos para el país en investigación, porque en esa época no existía Fondecyt. Si ahora lo que se gasta en investigación es el 0,1% del PIB, en aquellos tiempos era 0. De modo que el INTA y todas esas investigaciones tuvieron que hacerse con Rockefeller, Ford y todas las instituciones americanas”, recuerda.

El padre Rafael Maroto Pérez fue uno de los primeros sacerdotes en dedicar su labor religiosa a los pobres, viviendo en las llamadas “poblaciones callampa” que proliferaban en Santiago en los 50 y 60, particularmente en La Legua, de donde fue párroco. Su rol no se agotaba en lo espiritual. Dirigente del MIR y vocero del Movimiento Democrático Popular (MDP) durante la dictadura, fue suspendido de sus funciones sacerdotales en 1984. Trabajó en la construcción de las líneas de metro de Santiago, encarnando los principios de un cura-obrero.

“Llegamos a hacer un diagnóstico preciso. Llegamos a hacer un estudio masivo de cuánto era el problema que afectaba a los niños que sufrían la desnutrición y no solamente ellos, sino que cuánto significaba de impacto en la sociedad entera. Llegando a la conclusión de que así no era posible salir del subdesarrollo. La mochila era demasiado pesada. El 50% de las muertes se producían antes de los 15 años de edad, ósea que sólo una entre dos personas lograba llegar a la etapa del aprendizaje y la capacitación, lo que tenía un costo tremendamente grande para la sociedad, imposible de subsanar”, explica.

“Investigamos una estrategia de programas piloto considerando todos los factores involucrados. Desde saneamiento ambiental, hasta la entrega de leche o estimulación primaria de la lactancia materna, y si no, entrega de leche a los niños hasta cierta edad. Pero el problema comenzaba con el embarazo. En aquellos años, de cada 100 niños que nacían, el 25% nacía ya con una desnutrición de tercer grado, porque la madre no tenía los recursos nutritivos y calóricos necesarios para poder entregar al niño que se estaba formando en el útero, así que el problema estaba en cómo teníamos que prevenir que las futuras madres no fueran mal nutridas. Era un problema complejo”.

POLÍTICA PÚBLICA A NIVEL NACIONAL Y EL ROL DE LA DICTADURA

Una serie de programas holísticos y multidimensionales se implementaron desde los años 60 en adelante, incluyendo el avance de la cobertura educacional y la disminución del analfabetismo, concebidos como clave para combatir la subalimentación. El seguimiento médico en fases pre y postnatal, así como el control del niño sano, nacieron en esos años como respuesta a esta crisis humanitaria, haciendo entrega de alimentos y suministrando vacunaciones. Sin embargo, aunque la red de servicios de salud mejoró considerablemente, los costos de un programa focalizado para eliminar la desnutrición a nivel nacional eran exorbitantes. En este punto, Fernando Monckeberg debió encontrarse con la política.

“Llegamos al año 70 ya instalados en el INTA, y había que ver cómo se iba a implementar una política a nivel nacional. Lo que no era fácil, porque tenía un costo importante. Cuando uno conversaba con los políticos, el político entendía toda la argumentación, pero cuando uno le decía que esto va a costar en los próximos 10 años 30 mil millones de dólares, y que tú no vas a ver el resultado, porque lo va a ver la próxima generación entonces automáticamente desaparecía el interés”, dice entre risas.

“Me tocó ofrecerlo a Salvador Allende. Como él era médico, captó algo del problema mejor que los demás candidatos e instituyó el medio litro de leche. Pero obviamente que ese medio litro de leche, dentro de la enorme cantidad de factores causantes, era algo insignificante que no iba a producir nada. Después vino la dictadura. Ahí, la junta dividió las áreas, y el área de salud le tocó a Gustavo Leigh. Con él me entendí mejor. Se hicieron intervenciones muy trascendentes”, relata.

“El mecanismo no era fácil. ¿Cómo llegar a todos los embarazos y a todos los que nacían? En ese tiempo la estructura de salud estaba básicamente constituida por hospitales. Había algunos policlínicos, pero estaba lejos de poder cumplir con todas las necesidades, de modo que se necesitaban 2.340 centros de salud. Con un pediatra, una matrona, obstetra, enfermera, nutricionista, con toda la parafernalia que significa la gama de profesionales de salud. Se necesitaba de un programa bien determinado de control del niño sano. Enseñarle a la madre qué tenía que hacer, cuánto tenía que entregar leche de su pecho al lactante. También saneamiento ambiental, alcantarillas y agua potable. Era un política multisectorial”, cuenta.

“No digo que sea ideal, pero la dictadura duró 15 años, y eso permitió implementar las intervenciones. De este modo, cuando éstas fueron madurando ya eran irreversibles y se fueron potenciando en los gobiernos sucesivos hasta ahora. Nadie se ha atrevido a modificarla. El secreto fue la permanencia en el tiempo”, revela.

NACIERON CHILENOS NUEVOS

“Costó 20 mil millones de dólares, si tú tomas lo que costó la infraestructura de centros de salud, con lo que costó la distribución de leche purita en los distintos niveles de los jardines infantiles, de los almuerzos y desayunos escolares, alcantarillas y agua potable”.

“El resultado se ve rápidamente en la población, donde nacieron chilenos nuevos. Chilenos nuevos que ya fueron capaces de llegar a la educación básica, en donde antes había una tremenda deserción, de más del 40%, y que estaba dada por la incapacidad de aprender. Terminaron el 100% con educación básica y la consecuencia fue que la demanda pasó rápidamente a la educación media, donde en la actualidad la está terminando el 80%, cuando antes sólo tenía acceso el 10%. Significó el impacto en la educación superior. Cuando yo entré a la educación superior en 1948 entraron 10 mil personas. Hoy en día están ingresando 640 mil”.

“Es impresionante. Cambió Chile. Yo que he vivido 90 años, lo he visto. Por eso, mucho se habla de los derechos del niño, pero yo lo traduciría en que lo más importante para los derechos del niño es el derecho a expresar su potencial genético. Lo que está en su DNA, pero que no se puede expresar por limitaciones en las condiciones de pobreza y nutrición”.

LA OBESIDAD, UN PROBLEMA DE LOS POBRES

A mediados de 2014, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), premió a Chile por haber reducido el hambre a la mitad antes de fines de 2015, cumpliendo así con uno de los más sensibles Objetivos de Desarrollo del Milenio. Después de un largo trayecto, logramos hacer del hambre un problema marginal. Sin embargo, entrando en el nuevo milenio, Chile enfrenta un nuevo problema relacionado a la alimentación, pero ahora en el sentido opuesto: la obesidad. Fernando Monckeberg tiene su teoría sobre la obesidad, como una herencia generacional de desnutrición para los más pobres del país.

“La obesidad que estamos viendo hoy en día tiene particularidades muy especiales que me llaman la atención. Cuando yo estaba recién iniciando la carrera, la obesidad no existía. Cuando mucho había un individuo que tenía un abdomen abultado y que lo mostraba con cierto orgullo porque le había ido bien en la vida y era bueno, entonces mostrarlo era positivo. Si me hubieran dicho que iban a ser obesos los pobres fundamentalmente más que los ricos, yo habría dicho que están locos”.

“Cambió Chile. Yo que he vivido 90 años, lo he visto”, dice el Dr. Fernando Monckeberg

“Tú vas a EEUU, también son obesos, pero la obesidad está fundamentalmente en los latinos y en los negros. Mucho menos en los blancos. Lo que me llama la atención e indudablemente me lleva a elucubrar, es que los mismos grupos socioeconómicos que antes fueron desnutridos, hoy son obesos”.

“Yo tengo mi teoría, pero no voy a alcanzar a ver que se cumpla. También fue parte de nuestras investigaciones. Uno puede hacer en este caso investigaciones con animales de experimentación. Si tú desnutres ratas durante toda una generación, y cuando están adultas para reproducirse las juntas con ratas a su vez desnutridas, y vas repitiendo esto por cinco generaciones, de cruzar ratas desnutridas, la rata se va achicando hasta que la quinta generación son bastante más pequeñas”.

“Si a la quinta generación, tú dices ya, hasta aquí llegó mi experimento, y a estas ratas desnutridas por cinco generaciones, las voy a alimentar normalmente. Le voy a dar lo que quieran. Pues bien, estas ratas se demoran dos generaciones en alcanzar la talla o el crecimiento de una rata normal. Mi hipótesis es que el organismo frente a un hipoalimentación, con el objeto de sobrevivencia se adapta metabólicamente a un menor gasto calórico y ahorra para sobrevivir, y esto ha sido en el caso de nuestro país y América Latina. Tenemos desde 1540 varias generaciones que han sido subalimentadas, no solamente Chile, sino que los españoles mismos venían subalimentados”.

“Por primera vez la humanidad tiene acceso a alimentos como no los había tenido nunca. Si yo tengo estos seres humanos que fueron desnutridos durante muchas generaciones y se acomodaron, fueron más chiquititos, desarrollaron menos cerebro, se van a demorar dos o tres generaciones después de tener acceso al alimento normal. Osea, van a pasar dos generaciones más. Pero ya se está viendo en Estados Unidos: en esta generación los niños son menos obesos que hace 10 años atrás.”.

Asumiendo que no tendrá la posibilidad de ver los resultados de sus experimentos e investigaciones, nuestra entrevista llega a su fin con cierto dejo de nostalgia. Antes de despedirme, le comento que mi familia materna fue parte de su programa, que mis tíos sobrevivieron a la infancia y llegaron a la adultez; que mis primos y primas somos todos sanos. El Dr. Monckeberg sonríe. Se levanta de su escritorio y camina hasta su biblioteca; con dificultad se arrodilla y saca una copia de su libro “Contra viento y marea: Hasta erradicar la desnutrición”, donde cuenta en detalle todos los pasajes de la historia abordados en nuestra conversación. Luego me abraza y dice: “Me alegro mucho que hayas logrado desarrollar tu potencial genético”. Sin más, me retiro.  

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