Los Objetos de la Memoria y la Sociedad Civil

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Cada 30 de agosto en el Museo de la Memoria se celebra el día del detenido desaparecido y este año no fue la excepción. En medio de esta conmemoración
Cada 30 de agosto en el Museo de la Memoria se celebra el día del detenido desaparecido y este año no fue la excepción. En medio de esta conmemoración, tuvimos una inédita visita guiada con María Luisa Sepúlveda, presidenta del museo, quien nos mostró los aportes de la sociedad civil a través de sus objetos más representativos del lugar.

Son recién las 10.30 de la mañana y cinco grupos de escolares de distintos colegios de la Región Metropolitana hacen fila afuera del Museo de la Memoria. María Luisa Sepúlveda (70), presidenta del Museo, los mira desde su oficina mientras conversa con varios funcionarios sobre el evento del día. Es que en una nueva conmemoración del día del Detenido Desaparecido (30 de agosto) todo debe salir perfecto. Habrá un acto masivo del conjunto folclórico Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, famosos por la cueca sola, los grupos musicales Sol y Lluvia, Villa Cariño y el vocalista de Illapu, Roberto Márquez.

María Luisa se prepara para hacer nuevamente el recorrido que ha hecho cientos de veces y que realizó por primera vez el 11 de enero del 2010, día en que se inauguró el Museo de la Memoria. Mientras se dirige al primer piso, cuenta que desde sus 25 años, cuando llegó al comité Pro Paz en 1973 como abogada, se dedica a la defensa de los derechos humanos (DDHH). En esta institución, que luego pasaría a ser la Vicaría de la Solidaridad, conoció el sufrimiento de cientos de chilenos: fue la encargada de atender a las víctimas y familiares de presos políticos y detenidos desaparecidos de la dictadura militar del General Augusto Pinochet.

“Vivimos muchas cosas. Como la muerte de José Manuel Parada”, dice María Luisa mientras muestra la foto de su compañero de trabajo en la Vicaría, quien junto a Manuel Guerrero y Santiago Nattino, fue degollado en 1985 por la Dirección de Comunicaciones de Carabineros (Dicomcar). Siendo la última directora ejecutiva de la Vicaría de la Solidaridad, María Luisa siguió su defensa de los DDHH en democracia, participando en las diferentes comisiones para exigir reparación y reconocimiento a las víctimas de la dictadura. Pero no fue hasta el primer gobierno de Michelle Bachelet, cuando le hicieron un ofrecimiento que no pudo rechazar: ser la ideóloga del Museo de la Memoria, lugar para recordar y entender lo que pasó en Chile durante 17 años.

“La sociedad civil ha sido muy importante para realizar y mantener este lugar”, apunta Sepúlveda mientras se acerca al primer objeto que nos quiere mostrar, una máquina de escribir destruida en el bombardeo a La Moneda el 11 de septiembre de 1973.

“Esto representa el quiebre de la institucionalidad democrática chilena. La máquina de escribir fue entregada por la Fundación Salvador Allende, que muestra el compromiso de la sociedad civil para entender lo que nos pasó en esa época”, expresa María Luisa.

Al costado del primer piso del edificio, María Luisa camina entre la decena de niños que miran los objetos y fotografías del pasillo, se detiene en un retrato en blanco y negro que muestra a unos hombres detrás las rejas que separan la pista atlética de las graderías del Estadio Nacional.

“Esta foto la sacó un fotógrafo extranjero desde uno de los edificios frente al Estadio. Gracias a esto la comunidad internacional supo por lo que estaban pasando los chilenos y decidió reconocer y condenar las violaciones a los derechos humanos que se estaban cometiendo”, comenta.

A unos cuantos pasos de la fotografía, se encuentra una carta firmada por miembros del partido Democracia Cristiana (DC) dos días después del Golpe de Estado, condenando la acción realizada por las Fuerzas Armadas y de Orden del país. Entre los que firmaron la carta se encuentra Andrés Aylwin, incansable defensor de los DDHH y que falleció el 20 de agosto pasado.

“El significado de esta carta es gigante. Este partido fue uno de los principales detractores al gobierno de Salvador Allende, pero cuando vieron el quiebre democrático, alzaron sus voces para condenar lo que estaban realizando los militares en el país”, explica María Luisa.

A unos pocos metros de estos objetos, se pueden ver dos papeles con un listado de nombres de hombres y mujeres. María Luisa cuenta que un día llegó a la Comisión de Verdad y Justicia una persona que no se quiso identificar y dejó un pequeño paquete en la entrada del recinto. El objeto contenía cientos de páginas con nombres de las personas detenidas en distintos centros del país. Estas listas fueron hechas por los mismos militares para identificar a los supuestos detractores del régimen.

“Gracias a esa persona anónima pudimos darle seguimiento a todos los que habían sido detenidos, además de tener un documento para comprobar que en Chile existían presos políticos”, señala María Luisa.

En uno de los ventanales del Museo se puede vislumbrar una larga escalera oxidada con un centro de observación en la punta. El objeto era utilizado en uno de los cuarteles de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) para vigilar tanto a las víctimas, como a los victimarios.

A unos pasos de este ventanal se ve una serie de manualidades: aros, lápices, cuadros hechos en cobre y cuadernos que sirvieron como diarios de vida. Se trata de algunos de los objetos que realizaron los presos políticos bajo cautiverio.  

“Esta era una forma de mantenerse ocupados, vivos, conscientes. Que los mismos presos políticos hayan donado sus creaciones significa que siguen vivos a través de estos objetos y que no se rindieron a pesar de todo lo que tuvieron que vivir”, relata María Luisa.

Para terminar, al centro del museo se encuentra una especie de altar donde hay fotografías de distintos tamaños que en su conjunto forman un gran recuadro.

“Son las fotos de los que no sobrevivieron a la dictadura”, dice María Luisa, y agrega que este lugar es su favorito ya que fue construido con la ayuda de familiares de detenidos desaparecidos, que donaron el retrato de sus seres queridos al que nunca volvieron a ver.

“A veces los familiares vienen y se quedan mucho rato mirando las fotografías. Este lugar es un espacio de encuentro con la persona que ya no está”, expresa la mujer quien se acerca a observar a un grupo de niños que está revisando la historia de estas personas en una pantalla didáctica.

“La idea del museo es esta. Que los más pequeños puedan aprender del pasado para que no se vuelvan a cometer los mismos errores”, finaliza María Luisa.

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