opinión

Museo, Derechos Humanos, ¿Infancia?

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De un tiempo a esta parte, como país hemos estado inmersos en la tan manoseada palabra derechos humanos.

Hemos visto un escándalo desproporcionado respecto al comentario que espetó el ya ex ministro de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Mauricio Rojas. Con esto no avalo en lo absoluto sus palabras, pero me deja la duda del real derecho de expresar libremente un sentir o pensamiento.  Vi mucha gente del mundo de la cultura y las artes vanagloriándose de este escándalo mediático, que incluso subieron a sus redes sociales la frase: “el ministro no renunció, nosotros lo sacamos”. Entonces me pregunto: ¿ellos creerán que gobiernan el país haciendo presión?

No hace mucho llegó el lapidario informe de la ONU que refleja la realidad de cientos de niños, niñas, y adolescentes (NNA) violentados en sus derechos humanos. Así es, tal cual, lo repito: violentados en sus derechos humanos.

Pero la noticia fue sólo mediática gracias precisamente a la prensa que ahondó en el informe del organismo internacional. Porque el mismo partido político que abrió vorazmente su boca para crucificar los dichos del ex ministro Rojas de hace dos años, guardó silencio hasta el día de hoy sobre el informe de la ONU.

Tampoco han esgrimido frase alguna referente a lo dicho por el ministro Hernán Larraín en Comisión de Familia (6 de agosto pasado), en donde señaló que “a mi parecer no hubo violaciones sistemáticas”, en alusión al informe que ratifica las violaciones a los derechos humanos de niños, niñas y adolescentes.

Además, ante esta realidad, no he visto a Carmen Hertz reclamar por estas violaciones, ni a Juan Pablo Letelier, Karol Cariola o Camila Vallejo.

Entonces, ¿para quiénes son los derechos humanos realmente?

¿Será que esta élite política se cree dueña del concepto de que todo aquel ser humano que padezca vulneración y tortura, si no está alineado con su postura, no tiene derecho a un céntimo siquiera de dignidad humana?

Más aún, si estas aberraciones a estos derechos fundamentales que ellos dicen proteger han ocurrido en plena democracia, en la cual ellos mismos ocupan un escaño en el poder legislativo, y cuentan con las herramientas necesarias para alzar la voz por estos conceptos, ¿por qué no han hecho nada?

Me nace preguntarles, ¿cuál es el límite de edad necesaria en este país para ser considerado merecedor de protección acuciante?

De verdad no tuvieron un mísero de empatía por Mauricio Rojas, cuya familia también fue víctima de la época más negra del país. Sin embargo, al haber sido designado como ministro, fue acribillado con presiones innecesarias, que terminaron con el desenlace que ya todos conocemos. Pero no vi a los mismos que hicieron presión para sacar a Rojas en marchas por la infancia para defender los derechos humanos de niños, niñas y adolescentes, que fueron abusados sexualmente, violados, asesinados, golpeados, y torturados.

¿Qué se necesita para que toda la sociedad civil tome conciencia de que los niños, niñas y adolescentes necesitan la misma vehemencia e intensidad en la defensa de sus derechos?

Hablan de libertad de expresión, hablan del respeto a los derechos humanos, hablan de infancia, pero sólo trabajan por los derechos de quienes sean simpatizantes con sus aficiones e intereses.

La realidad actual es que hay una ronda de niños fallecidos, pero aun así parecieran ser invisibles.Y sin embargo, cada año, cuando comienza la campaña de la Teletón se disfrazan de ternura, haciendo llamados a apoyar tan noble causa, pero se olvidan el resto del año de que existen informes que dicen que en Chile hay niños que continúan siendo vulnerados en sus derechos y que muchas veces fueron arrebatados de sus familias por ser pobres.

Hay niños que quedaron bajo el cuidado del Estado de Chile, y desde este ente garante fueron devueltos en estado inerte, algunos con marcas visibles que solo sus madres pudieron ver pero no reclamar.

¿Acaso eso no es tortura de derechos humanos?

Hago un llamado a esos defensores de derechos humanos a hacer historia de verdad, una que marque para bien la vida de un niño, niña y adolescente, y que esa marca sea de felicidad y derechos. Una historia que realmente muestre un país comprometido, que dicho compromiso sea de verdadera transversalidad para cada niño que pisa nuestro país, una unión indisoluble para la protección de la infancia. Espero que esto no sólo esté en mis ilusiones, las de ver un país donde un niño pueda crecer con valor y unos padres que puedan criar sin temor.

Un país que no respeta la infancia es un país que no progresa.

 

El contenido de esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de quien la escribe y no representa necesariamente la postura de la fundación Base Pública.

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