opinión

¿Para abrir esta muralla estarán todas las manos?

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Los pilares del patriarcado, se construyeron en  base a la “precariedad” del cuerpo femenino respecto al masculino. Y fue la negación de nuestras capacidades la que hizo al patriarcado infantilizarnos por considerarnos inferiores, débiles e incapaces. Aún está fresco el recuerdo de aquella norma del Código Civil chileno por cuyo mandato, las mujeres que contraían matrimonio bajo el régimen de sociedad conyugal se transformaban in actum en mujeres relativamente incapaces, debiendo someterse desde ese mismo momento al marido, jefe de dicha sociedad por mandato de la ley. Si bien la incapacidad relativa de la mujer casada bajo el régimen de sociedad conyugal es historia desde la última década del siglo recién pasado, en la actualidad, el marido sigue siendo jefe indiscutido de la sociedad conyugal por mandato de la ley. Título que además de anacrónico, resulta absurdo en estos tiempos en que existe una alerta machista temiendo que todo el territorio se vuelva feminista.

Si las mujeres con discapacidad somos por esencia mujeres, igual que las demás mujeres ¿por qué entonces en medio de esta revolución verde violeta se nos pretende mantener relegadas a una incapacidad forzada que nos hace invisibles o que en el mejor de los casos, nos infantiliza por considerarnos débiles e inferiores respecto a las demás mujeres y hombres?

Sumergirse en estas profundidades, implica intentar por lo menos cuestionarse el hecho irrefutable que si la convención internacional que consagra los derechos de las personas con discapacidad, fue el resultado de un largo trabajo realizado por nosotras, las personas con discapacidad durante años y por lo tanto es sin duda alguna una conquista social que nos pertenece ¿Por qué entonces las voces autorizadas para hablar de nuestros derechos y demandas sociales son precisamente personas que no presentan ninguna discapacidad? y me refiero a personas en términos generales porque para los hombres existe una suerte de impedimento tácito a la hora de pretender dictar cátedras de feminismo sin embargo, cuando se trata de mujeres con discapacidad, la cátedra puede ser dictada por cualquiera, sea hombre o mujer.

No pretendo en modo alguno adentrarme en la buena o mala calidad de los discursos que sostienen esas vocerías que aunque exógenas a la causa, resultan mucho más creíbles que aquellas cuya expertiz en parte importante viene dada por el propio hecho de presentar una discapacidad y en mayor medida, por la experiencia recogida durante décadas de luchas incesantes por entrar a la ciudad amurallada de donde fuimos expulsadas por haber nacido con una discapacidad o por haberla adquirido en el trayecto de nuestras vidas. Mi pretensión es mucho más humilde. Consiste solo en demostrar, que el continuar considerando que las mujeres con discapacidad somos inferiores a las demás mujeres en razón de la “precariedad” de nuestros cuerpos respecto a los cuerpos de las otras mujeres, no es otra cosa que un resabio machista que debe ser erradicado a lo menos de las huestes feministas so pena de continuar incurriendo ellas en una seria contradicción y por consiguiente, en una manifiesta discriminación fundada en la discapacidad de las mujeres que no cumplimos con una sensorialidad, con un desarrollo intelectual o una corporalidad determinada por un estándar de normalidad que dicho sea de paso, fue también impuesto por el patriarcado.

*El contenido de esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de quien la escribe y no representa necesariamente la postura de la Fundación Base Pública.

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