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“La violencia de género también se encuentra en lo sociourbano”

En esta entrevista, Yillian Muñoz, Coordinadora de Gestión Social de Urbanismo Social habla del Proyecto Red Comunitaria en Prevención de la Violencia hacia la Mujer en la ciudad de Talca, que promueve y fortalece el trabajo articulado e intersectorial.

«Es importante comprender que la violencia también se encuentra en lo sociourbano y que la ciudad no es neutra, y que excluye a gran parte de la población», explica la también coordinadora del proyecto desarrollado en Talca debido a los niveles de violencia y a sus características socioeconómicas y territoriales. «Es uno de los que representa mayor índice de violencia intrafamiliar según datos estadísticos», precisa Muñoz. 

En este sentido, la metodología del proyecto está enfocada en el trabajo en los barrios y comunidades escolares mediante talleres, charlas y otros procesos participativos. La fundación no recibe denuncias ni presta asistencia pero da información sobre las organizaciones que prestan ayuda.

¿Quieres saber más? Mira la entrevista con Yillian Muñoz, Coordinadora de Gestión Social de Urbanismo Social.

Jefatura femenina: ¡en esta crisis no pueden solas!

En la siguiente columna, Yolanda Pizarro Carmona, Directora de Equidad de Género en LaresHub, reflexiona sobre lo complejo que se hace para las mujeres jefas de hogar sobrellevar la crisis sanitaria.

La Especialista en temas de género, inclusión y diversidad señala que el 31,4% de los hogares chilenos son monoparentales liderados por mujeres que tienen la responsabilidad del teletrabajo, la teleducación, y el funcionamiento del hogar, lidiando además con las brechas tecnológicas, en medio de un contexto que se complejiza por la falta de redes de apoyo debido al cierre de las instituciones educativas y al confinamiento, ambas medidas necesarias para evitar la propagación del virus. «Si bien el ingreso familiar de emergencia ayuda, no es suficiente. Este es un segmento que requiere una particular atención y una respuesta de políticas públicas con perspectiva de género», precisa.

Mira la columna de opinión completa a continuación.

      

¿Para abrir esta muralla estarán todas las manos?

Los pilares del patriarcado, se construyeron en  base a la “precariedad” del cuerpo femenino respecto al masculino. Y fue la negación de nuestras capacidades la que hizo al patriarcado infantilizarnos por considerarnos inferiores, débiles e incapaces. Aún está fresco el recuerdo de aquella norma del Código Civil chileno por cuyo mandato, las mujeres que contraían matrimonio bajo el régimen de sociedad conyugal se transformaban in actum en mujeres relativamente incapaces, debiendo someterse desde ese mismo momento al marido, jefe de dicha sociedad por mandato de la ley. Si bien la incapacidad relativa de la mujer casada bajo el régimen de sociedad conyugal es historia desde la última década del siglo recién pasado, en la actualidad, el marido sigue siendo jefe indiscutido de la sociedad conyugal por mandato de la ley. Título que además de anacrónico, resulta absurdo en estos tiempos en que existe una alerta machista temiendo que todo el territorio se vuelva feminista.

Si las mujeres con discapacidad somos por esencia mujeres, igual que las demás mujeres ¿por qué entonces en medio de esta revolución verde violeta se nos pretende mantener relegadas a una incapacidad forzada que nos hace invisibles o que en el mejor de los casos, nos infantiliza por considerarnos débiles e inferiores respecto a las demás mujeres y hombres?

Sumergirse en estas profundidades, implica intentar por lo menos cuestionarse el hecho irrefutable que si la convención internacional que consagra los derechos de las personas con discapacidad, fue el resultado de un largo trabajo realizado por nosotras, las personas con discapacidad durante años y por lo tanto es sin duda alguna una conquista social que nos pertenece ¿Por qué entonces las voces autorizadas para hablar de nuestros derechos y demandas sociales son precisamente personas que no presentan ninguna discapacidad? y me refiero a personas en términos generales porque para los hombres existe una suerte de impedimento tácito a la hora de pretender dictar cátedras de feminismo sin embargo, cuando se trata de mujeres con discapacidad, la cátedra puede ser dictada por cualquiera, sea hombre o mujer.

No pretendo en modo alguno adentrarme en la buena o mala calidad de los discursos que sostienen esas vocerías que aunque exógenas a la causa, resultan mucho más creíbles que aquellas cuya expertiz en parte importante viene dada por el propio hecho de presentar una discapacidad y en mayor medida, por la experiencia recogida durante décadas de luchas incesantes por entrar a la ciudad amurallada de donde fuimos expulsadas por haber nacido con una discapacidad o por haberla adquirido en el trayecto de nuestras vidas. Mi pretensión es mucho más humilde. Consiste solo en demostrar, que el continuar considerando que las mujeres con discapacidad somos inferiores a las demás mujeres en razón de la “precariedad” de nuestros cuerpos respecto a los cuerpos de las otras mujeres, no es otra cosa que un resabio machista que debe ser erradicado a lo menos de las huestes feministas so pena de continuar incurriendo ellas en una seria contradicción y por consiguiente, en una manifiesta discriminación fundada en la discapacidad de las mujeres que no cumplimos con una sensorialidad, con un desarrollo intelectual o una corporalidad determinada por un estándar de normalidad que dicho sea de paso, fue también impuesto por el patriarcado.

*El contenido de esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de quien la escribe y no representa necesariamente la postura de la Fundación Base Pública.

Violencia doméstica: el lado «B» de la pandemia

Un hecho alarmante enciende las balizas en las instituciones y los gobiernos en todo el mundo, a su haber: el aumento en las denuncias y casos de violencia doméstica como producto de la estrategia de confinamiento domiciliario aplicada ante la pandemia del COVID 19.

 

En este sentido, el New York Time clasifica este aumento como una “infección oportunista” y paralela, no contemplada hasta hace poco en el abordaje del coronavirus, que en términos estadísticos por ejemplo, han hecho subir en un 30% la tasa de abuso doméstico en países como Francia, Italia y Corea, escalar al doble las cifras en Malasia, e incluso al triple en China, escenario que se condice con la realidad de Argentina que revela un 40% de aumento en las llamadas a la línea nacional de ayuda (144), y de Chile, donde el flujo de llamadas a la línea del Ministerio de la Mujer y Equidad de Género (SERNAMEG) se incrementó en un 125% con corte a los primeros días del mes de abril del 2020.

La dinámica descrita con antelación, llevó al Secretario General de Naciones Unidas (ONU) Antonio Guterrez, a aceptar este repunte global como un fenómeno alarmante, puesto que se cierne precisamente en aquel lugar donde las personas (especialmente mujeres y niños) debían de sentirse más seguros por estos días: sus propios hogares.

Así, la estrategia de contener a los sujetos en sus lugares de residencia resultó -en algunos casos-, más peligrosa y dañina que la misma pandemia, pues, mientras la segunda (el COVID) actúa desde la posibilidad, esto es; desde lo que podría ser, pero aún no es, la primera (violencia) lo hace desde la predisposición, a su haber; desde lo que es, pero se espera que no sea. Es decir, la estrategia de minimizar riesgos externos, se erige para estos efectos aumentando los internos. Con esto, una parte de la población (¿una nueva parte o la misma de siempre?) debe asumir “el lado B” de las políticas gubernamentales en post del bienestar común. La pandemia nos muestra lo que muchos ya sabíamos; que el costo social tiene rostros y nombres que tienden a repetirse y perpetuarse.

Si hacemos nuestra la intención de reflexionar en torno a este aumento, conviene lanzar una pregunta ancla que acusa, si es el propio confinamiento domiciliario el que actúa (y predispone) la violencia en los sujetos, o más bien, si este fenómeno obedece a una violencia latente (pre existente a la pandemia) que se tornó incontenible (inabordable) debido a la atomización de la vida al interior del hogar. 

Partiendo por la segunda premisa, es del todo lógico que ante la obligación de permanecer en casa, las conductas violentas pre existentes se agudicen y exacerben, entre muchos otros factores; por la volatilidad en la estructura de personalidad del sujeto agresor -que se acentúa con la crisis y con la necesidad de controlar a los integrantes del núcleo familiar-, por la atomización del espacio hogareño que genera múltiples y sistemáticos escenarios de contacto y roce (pequeños gestos, miradas, palabras que antes parecían insípidas, pero que ahora se tiñen de percepciones y representaciones insospechadas), por la invasión de terrenos que se creían propios y personales o se desconocían, (como compartir habitaciones, las labores de aseo, la televisión, computadores, etc), por la imposibilidad de oxigenar y anestesiar (o enmascarar) el abuso intrafamiliar con sucedáneos externos de diversión y compra (cines, mall, entre otros), y por otra larga serie de factores estructurales entre los que destacan; la angustia frente a la cesantía, la tensión por la reducción del ingreso familiar, o el simple temor ante el inminente contagio. En fin de cuentas, sea cual sea la óptica que se utilice para comprender la escalada, los agresores encontraron un caldo de cultivo atemperado e ideal no sólo para consumar su abusiva conducta, sino para justificar -con criterios que apelan a toda normalidad, dado que afectan a todos los sujetos-, su proceder. Para estos -al igual que para muchos otros compatriotas-, la pandemia es la excusa genérica, el comodín del maso, la profasis griega, que despatologiza su conducta y la acerca al punto medio de una convulsionada realidad. He aquí un cántaro repleto de modernidad líquida que profetizara Bauman.

A diferencia del caso anterior, la violencia doméstica “producto del confinamiento”, puede ser analizada a partir de un símil, a su haber; la prisionización, concepto acuñado por Clemmer (desde la criminológica), que da cuenta de las alteraciones en la conducta de los sujetos debido a su encierro en recintos carcelarios. 

De esta manera, -y guardando las proporciones entre hogar y prisión-, la violencia doméstica cobra un sentido que trasciende la simple acción desajustada, pudiendo ser concebida como un elemento concomitante y no deseado del confinamiento pandémico (hogarización), sobre todo, si conjugamos el hecho a la luz de tres elementos -que según Goffman-, son comunes a cualquier tipo de encierro: el sentimiento de tiempo perdido o robado, la mutilación del yo, y la desculturización.

Aplicando estos postulados al análisis, el sentimiento de tiempo perdido o robado, se erige en torno a la representación negativa del tiempo de ocio, la cual, lo concibe como un tiempo no productivo (tiempo muerto) que es necesario “productivizar” de alguna forma (darle vida). Es decir, bajo esta lógica, un detonante de la violencia doméstica, bien podría ser el desequilibrio psicológico que genera en los sujetos el no-saber-que-hacer con su propio tiempo de ocio, como también, rechazar –y proscribir-, la utilización que hacen de éste otros miembros del núcleo familiar por considerarlo improductivo (la “negación del otro” que subyace en toda violencia como claramente nos enseñara Wieviorka), y todo esto, por la imposibilidad de abandonar una ideología que asumimos como inherencia (en particular por parte de los adultos): el trabajo. Por ende, al verse despojado de él (cesantía) o desprendido de él (suspensión laboral temporal), los individuos (homo faber) pierden su referente de vida, su brújula, su vector de identidad, viéndose lanzados además, al lugar que por asociación (y socialización) se presenta como la antítesis del trabajo: el hogar, ese antiguo lugar de descanso cronometrado, de vivencia transitoria, que ahora discurre en eternas horas haciendo presente el sin sentido. Entonces, un aspecto de la violencia pandémica se nutre del ejercicio de subvertir (de sacar del centro) al opuesto binario (tiempo productivo v/s tiempo de ocio), prescindiendo o contradiciendo la acción crítica -como supone Derrida-, basándose por el contrario, en  una lógica impositiva y caótica, que por su premura e instrumentalización (claro está en beneficio del mercado) adquiere tono de abuso, el mismo que naturalizándose como lenguaje contaminará las relaciones familiares. Así, el discurso de la productividad -o de la autoexplotación en términos de Byung Chul Han-, nos impide vivenciarnos por fuera de los parámetros del trabajo, llevándonos a responder con violencia a todo aquello que ponga en tela de juicio la consabida inmanencia productiva. Bajo la cuarentena, la violencia doméstica bien puede concebirse como producto de la alienación moderna del trabajo, alienación que devela toda la incapacidad para rellenar, si se quiere, para darle vida con nuestra propia creatividad a un espacio y tiempo que creemos muerto.

Esta presencia del “sin sentido del hogar” (o la falta de una nueva representación que trascienda el descanso transitorio y reconfigure las interacciones con los miembros desde el contacto episódico-segmentado al sistemático-constante), predispone a los sujetos a reacciones viscerales e improvisadas para hacer frente a situaciones, que con antelación al confinamiento, se resolvían (o enfriaban) en razón del propio contacto episódico (cuantas veces no discutimos por la mañana y de vuelva en casa todo había pasado). Pero ahora, en medio de la cuarentena, los acontecimientos y problemas se anquilosan en el presente, en el “ahora” -parafraseando a Benjamín-, con lo cual, la vieja y natural fórmula del: “esto se arregla solo” pierde efectividad, puesto que vivir el presente exige respuestas inmediatas a los hechos, exige por tanto reflexividad, capacidad de complejización y claridad mental. Y he aquí, el segundo efecto del encierro visualizado por Goffman, la mutilación del yo, que refiere a los cambios en la estructura psicológica de los individuos que los llevan a ser algo distinto de lo eran (antes del encierro). Desde esta perspectiva, la violencia doméstica no es más que la fallida y disfuncional adaptación psíquica de los sujetos al claustro, desadaptación que los lleva a actuar de manera distinta a como lo harían por fuera de él. Así, esta mutilación devela lo antinatural que resulta la coexistencia familiar forzada al interior de los hogares en las sociedades modernas, y rompe de manera colateral, con la romántica idea de la inherencia estructural, esa que en todo momento y lugar, presupone que la familia es (y será) la base funcional de la sociedad.

La sensación de tiempo perdido y la mutilación del yo, decantan de esta manera, en la desculturización, que no es más, que la pérdida del sentido de realidad que experimentan los sujetos, en la medida que se ven obligados a modificar su pautas culturales cotidianas a causa del confinamiento, cayendo por cuentas en la extrañeza, la improvisación y el aprendizaje por error. En otros términos, la reclusión pandémica nos ha obligado a modificar la forma de interacción entre los sujetos, de manera tal, que las estrategias y recetas de conductas externas al hogar no presentan funcionalidad en su interior, por ende, es necesario adaptarnos a este nuevo ambiente atomizado, que si bien no llego para quedarse, si pasará a formar parte del pool de escenarios futuros. Con esto, la violencia doméstica sólo podrá evitarse, si reciclamos las pautas culturales y reconceptualizamos el hogar como un lugar de permanencia -y no de tránsito-, donde confluyen y coexisten diversas realidades que es necesario conocer para respetar. La punta de esta desculturización entonces, apelada a conocer a los integrantes de la familia más allá del rol y del estatus, a resignificar los espacios y los tiempos, a autoexigirnos la tolerancia, en resumidas cuentas, a transformarnos. Con todo esto, nunca la deconstrucción de imaginarios y discursos  resultó más apremiante para permanecer juntos. 

*El contenido de esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de quien la escribe y no representa necesariamente la postura de la Fundación Base Pública.

«La dimensión de la violencia machista es mucho más grande que la violencia intrafamiliar»

Un 70% aumentaron las denuncias por violencia intrafamiliar al fono 1455 del Ministerio de la Mujer en la primera semana de cuarentena, dando a conocer lo peligroso que puede ser el aislamiento social para muchas mujeres en Chile. 

«La dimensión de la violencia machista es mucho más grande que la violencia intrafamiliar«, asevera Yoselin Fernández, Vocera de la Red Chilena contra la Violencia hacia la Mujer, reflexionando sobre lo grave que es que estos indicadores de denuncias se disparen en medio de un contexto en el que el hogar funge como ámbito fundamental para frenar la pandemia.¿Pero qué pasa cuándo tienes que convivir 24/7 con tu victimario?

La activista asegura que es imprescindible entender que «el Estado de Chile no ha tenido voluntad política suficiente como para hacerse cargo de prevenir la violencia contra mujeres» y que estos fonos de ayuda son la única herramienta para denunciar uno de los tipos de violencia machista como lo es la intrafamiliar, dejando de lado sus otras variantes como la económica, simbólica, sexual, etc.

Conoce más sobre esta realidad que viven las mujeres en esta nueva Entrevista BP.

Ciudad feminista: las barreras a derribar

Entre las desigualdades en las que vivimos las mujeres chilenas, de sueldo, acceso a trabajos y de labores domésticas, hoy identificamos las diferencias urbanas evidenciadas en el acoso callejero, en ser las encargadas de las labores de cuidado a terceros y jefas de hogar, en una ciudad que no es amable con el género.

El seminario «Mujeres y Ciudades» busca dar respuesta y entender las estructuras de las ciudades chilenas, construidas para un estereotipo muy definido de persona, lo cual se ve reflejado desde las prioridades de inversión, hasta las soluciones que se dan a las problemáticas que enfrentan las mujeres.

En esta nota BP, conoce lo que Carolina Tohá de Red de Mujeres por la Ciudad, Ana Falú, Directora del Instituto de Investigaciones Vivienda y Hábitat de Córdoba y Marisol Dalmazzo, Red Mujer y Hábitat de América Latina, tienen que decir al respecto.

 

Participación ciudadana feminista en Quilicura

Proponer medidas para mejor la calidad de vida de las mujeres en Chile y especialmente en este contexto de crisis, fue la finalidad de este cabildo abierto para mujeres organizado por la Municipalidad de Quilicura. Las principales conclusiones fueron tipificar el delito del femicidio en la ley, aumentar las penas para este crimen y condenar con dureza las violaciones a D.D.H.H. de mujeres en este contexto de movilizaciones.

Conoce otra asamblea popular en esta nueva nota BP.

Red Chilena contra la Violencia hacia la Mujer: «El Estado es cómplice»

Los femicidios desde el año 2001 hasta el 2019 tapaban el Paseo Ahumada desde la calle Huérfanos a Agustinas. Las personas se detienen y preguntan ¿Quiénes son? y las mujeres que trabajan en la Red Chilena contra la Violencia hacia la Mujer responden firmemente que están muertas.

Acusan la negación de parte de los gobiernos a escuchar las demandas del movimiento feminista que pide no más muertes y es ahí donde nace la necesidad de crear la campaña «¡CIUDADO! El Machismo Mata!», que busca concientizar y ejemplificar mediante conceptos las diferentes violencias que viven las mujeres.

Ve esta nueva Nota BP y conoce la lucha de las mujeres de Chile.

 

“¡Ciudado! El Machismo Mata”: 13 años creando conciencia

La Red Chilena contra la Violencia hacia la Mujer lanzó el 2006 su campaña “¡Ciudado! El machismo mata”, la que se lanza este jueves 18 de julio a las 12 hrs. en el Paseo Ahumada

Ésta busca articular a las mujeres y sus organizaciones en pos de un objetivo común: frenar las muertes y la violencia que miles de mujeres sufren a diario. 

Durante los años la campaña a tenido diferentes objetivos específicos, que muestran que la lucha por erradicar la violencia contra las mujeres es mucho más profunda que la agresividad o el matar. 

Dentro de los puntos importantes que la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres potencia, son: la educación sexista, violencia sexual y denuncia, brecha salarial, violencia simbólica y sexismo en la educación, publicidad y medios de comunicación, entre otros.

 

Exposición “Pinceladas de Solastalgia”: Ser mujer mapuche

Acrílicos y esculturas en masa son parte de la exposición sobre el rol ancestral de la mujer mapuche: “Pinceladas de Solastalgia”. Roxana Pincheira y Luis Ferreira montaron 16 obras que estarán hasta el 26 de julio en el Arzobispado de Concepción. 

La exposición busca recoger la relación divina que tiene la mujer de nuestros pueblos originarios con la tierra y cómo se da esta relación en tiempos de solastalgia, lo que se refiere a la nostalgia producida por el cambio climático en los bosques milenarios de la Araucanía. 

No es la primera vez que Roxana Pincheira, la artista visual de la Araucanía, hace arte sobre los pueblos originarios, ya que antes trabajó con la cultura de los Selknam, nativos de Tierra del Fuego. Ella reconoce la importancia de visibilizar la cultura chilena ya que “mirando al pasado se hace un mejor futuro”

Ve esta nueva Cápsula Base y conoce el trabajo de Roxana y Luis.