opinión

¿Valor compartido? Cada vez más urgente y necesario

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En pleno desarrollo de este desafiante y convulsionado “O-19 chileno”, en su último estudio de reputación corporativa de octubre, la empresa consultora INC Inteligencia Reputacional evidencia que el 84% de los chilenos tiene una percepción negativa de las empresas y su accionar, criticando un aporte nulo a la dignidad de las personas (39%), la evasión de impuestos (25%) y la corrupción y los funcionarios públicos (21%).

El imaginario de una empresa conectada con el territorio que no solo necesita fuerza de trabajo, sino además genera una serie de beneficios comparables a las inversiones sociales del sector público, es una visión cada vez más alejada de la realidad. 

¿Qué ha pasado? Resumiendo, la globalización trajo consigo innumerables ventajas y beneficios, pero también efectos negativos y perversos en la vida de las comunidades y sus habitantes. A medida que las empresas empezaron a depender cada vez más de los mercados y proveedores extranjeros, la subcontratación y tercerización; la conexión con el territorio se ha ido debilitando o perdiendo. Esta desconexión entre la empresa y la sociedad obviamente tuvo consecuencias muy negativas para el desarrollo endógeno local.  

El movimiento que se ha generado a partir del llamado estudiantil a la evasión en el metro se caracteriza no tanto, como muchos creen, por sus reivindicaciones sociales, sino por sus reivindicaciones profundamente políticas, como una nueva Constitución, y económicas, como el fin de los abusos y la reducción de las desigualdades.

El alto costo de la vida, especialmente en Santiago, se ha hecho insostenible por los actuales niveles salariales. Con más del 50% de los trabajadores chilenos sobreviviendo (por endeudamiento) con un salario menor a los 400.000 pesos mensuales, el llamado a las empresas privadas, especialmente grandes y medianas para que revisen sus estructuras salariales es evidente.

Sin embargo, para volver a generar valor compartido, entendido como el posicionamiento de las empresas a la par de mejoras económicas, sociales y ambientales en las comunidades, no basta con garantizar un salario digno. 

Es necesario repensar las relaciones productivas, comerciales y de consumo que caracterizan el país y los territorios. Así como el progreso de un país ya no se puede medir con el PIB, el éxito de una empresa no se puede seguir midiendo por sus utilidades; debemos medirlo por las contribuciones a la sociedad en su conjunto y bajo puntos de vista ambientales, sociales, de innovación y sostenibilidad. 

No es casualidad que las Naciones Unidas llamen especialmente a las empresas, tanto privadas como cooperativas y asociativas, a comprometerse con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. De ellas depende cómo producimos, comercializamos y consumimos (ODS 12). 

Es difícil saber la receta perfecta, pero sin duda un enfoque empresarial basado en valor compartido, políticas públicas orientadas al bien común y una ciudadanía despierta, participativa y capaz de incidir en la participación del diálogo con la propuesta de soluciones concretas, son tres elementos que marcarán el camino a seguir. En el mundo y en Chile.     

*El contenido de esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de quien la escribe y no representa necesariamente la postura de la fundación Base Pública.

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