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Violencia doméstica: el lado «B» de la pandemia

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Un hecho alarmante enciende las balizas en las instituciones y los gobiernos en todo el mundo, a su haber: el aumento en las denuncias y casos de violencia doméstica como producto de la estrategia de confinamiento domiciliario aplicada ante la pandemia del COVID 19.

 

En este sentido, el New York Time clasifica este aumento como una “infección oportunista” y paralela, no contemplada hasta hace poco en el abordaje del coronavirus, que en términos estadísticos por ejemplo, han hecho subir en un 30% la tasa de abuso doméstico en países como Francia, Italia y Corea, escalar al doble las cifras en Malasia, e incluso al triple en China, escenario que se condice con la realidad de Argentina que revela un 40% de aumento en las llamadas a la línea nacional de ayuda (144), y de Chile, donde el flujo de llamadas a la línea del Ministerio de la Mujer y Equidad de Género (SERNAMEG) se incrementó en un 125% con corte a los primeros días del mes de abril del 2020.

La dinámica descrita con antelación, llevó al Secretario General de Naciones Unidas (ONU) Antonio Guterrez, a aceptar este repunte global como un fenómeno alarmante, puesto que se cierne precisamente en aquel lugar donde las personas (especialmente mujeres y niños) debían de sentirse más seguros por estos días: sus propios hogares.

Así, la estrategia de contener a los sujetos en sus lugares de residencia resultó -en algunos casos-, más peligrosa y dañina que la misma pandemia, pues, mientras la segunda (el COVID) actúa desde la posibilidad, esto es; desde lo que podría ser, pero aún no es, la primera (violencia) lo hace desde la predisposición, a su haber; desde lo que es, pero se espera que no sea. Es decir, la estrategia de minimizar riesgos externos, se erige para estos efectos aumentando los internos. Con esto, una parte de la población (¿una nueva parte o la misma de siempre?) debe asumir “el lado B” de las políticas gubernamentales en post del bienestar común. La pandemia nos muestra lo que muchos ya sabíamos; que el costo social tiene rostros y nombres que tienden a repetirse y perpetuarse.

Si hacemos nuestra la intención de reflexionar en torno a este aumento, conviene lanzar una pregunta ancla que acusa, si es el propio confinamiento domiciliario el que actúa (y predispone) la violencia en los sujetos, o más bien, si este fenómeno obedece a una violencia latente (pre existente a la pandemia) que se tornó incontenible (inabordable) debido a la atomización de la vida al interior del hogar. 

Partiendo por la segunda premisa, es del todo lógico que ante la obligación de permanecer en casa, las conductas violentas pre existentes se agudicen y exacerben, entre muchos otros factores; por la volatilidad en la estructura de personalidad del sujeto agresor -que se acentúa con la crisis y con la necesidad de controlar a los integrantes del núcleo familiar-, por la atomización del espacio hogareño que genera múltiples y sistemáticos escenarios de contacto y roce (pequeños gestos, miradas, palabras que antes parecían insípidas, pero que ahora se tiñen de percepciones y representaciones insospechadas), por la invasión de terrenos que se creían propios y personales o se desconocían, (como compartir habitaciones, las labores de aseo, la televisión, computadores, etc), por la imposibilidad de oxigenar y anestesiar (o enmascarar) el abuso intrafamiliar con sucedáneos externos de diversión y compra (cines, mall, entre otros), y por otra larga serie de factores estructurales entre los que destacan; la angustia frente a la cesantía, la tensión por la reducción del ingreso familiar, o el simple temor ante el inminente contagio. En fin de cuentas, sea cual sea la óptica que se utilice para comprender la escalada, los agresores encontraron un caldo de cultivo atemperado e ideal no sólo para consumar su abusiva conducta, sino para justificar -con criterios que apelan a toda normalidad, dado que afectan a todos los sujetos-, su proceder. Para estos -al igual que para muchos otros compatriotas-, la pandemia es la excusa genérica, el comodín del maso, la profasis griega, que despatologiza su conducta y la acerca al punto medio de una convulsionada realidad. He aquí un cántaro repleto de modernidad líquida que profetizara Bauman.

A diferencia del caso anterior, la violencia doméstica “producto del confinamiento”, puede ser analizada a partir de un símil, a su haber; la prisionización, concepto acuñado por Clemmer (desde la criminológica), que da cuenta de las alteraciones en la conducta de los sujetos debido a su encierro en recintos carcelarios. 

De esta manera, -y guardando las proporciones entre hogar y prisión-, la violencia doméstica cobra un sentido que trasciende la simple acción desajustada, pudiendo ser concebida como un elemento concomitante y no deseado del confinamiento pandémico (hogarización), sobre todo, si conjugamos el hecho a la luz de tres elementos -que según Goffman-, son comunes a cualquier tipo de encierro: el sentimiento de tiempo perdido o robado, la mutilación del yo, y la desculturización.

Aplicando estos postulados al análisis, el sentimiento de tiempo perdido o robado, se erige en torno a la representación negativa del tiempo de ocio, la cual, lo concibe como un tiempo no productivo (tiempo muerto) que es necesario “productivizar” de alguna forma (darle vida). Es decir, bajo esta lógica, un detonante de la violencia doméstica, bien podría ser el desequilibrio psicológico que genera en los sujetos el no-saber-que-hacer con su propio tiempo de ocio, como también, rechazar –y proscribir-, la utilización que hacen de éste otros miembros del núcleo familiar por considerarlo improductivo (la “negación del otro” que subyace en toda violencia como claramente nos enseñara Wieviorka), y todo esto, por la imposibilidad de abandonar una ideología que asumimos como inherencia (en particular por parte de los adultos): el trabajo. Por ende, al verse despojado de él (cesantía) o desprendido de él (suspensión laboral temporal), los individuos (homo faber) pierden su referente de vida, su brújula, su vector de identidad, viéndose lanzados además, al lugar que por asociación (y socialización) se presenta como la antítesis del trabajo: el hogar, ese antiguo lugar de descanso cronometrado, de vivencia transitoria, que ahora discurre en eternas horas haciendo presente el sin sentido. Entonces, un aspecto de la violencia pandémica se nutre del ejercicio de subvertir (de sacar del centro) al opuesto binario (tiempo productivo v/s tiempo de ocio), prescindiendo o contradiciendo la acción crítica -como supone Derrida-, basándose por el contrario, en  una lógica impositiva y caótica, que por su premura e instrumentalización (claro está en beneficio del mercado) adquiere tono de abuso, el mismo que naturalizándose como lenguaje contaminará las relaciones familiares. Así, el discurso de la productividad -o de la autoexplotación en términos de Byung Chul Han-, nos impide vivenciarnos por fuera de los parámetros del trabajo, llevándonos a responder con violencia a todo aquello que ponga en tela de juicio la consabida inmanencia productiva. Bajo la cuarentena, la violencia doméstica bien puede concebirse como producto de la alienación moderna del trabajo, alienación que devela toda la incapacidad para rellenar, si se quiere, para darle vida con nuestra propia creatividad a un espacio y tiempo que creemos muerto.

Esta presencia del “sin sentido del hogar” (o la falta de una nueva representación que trascienda el descanso transitorio y reconfigure las interacciones con los miembros desde el contacto episódico-segmentado al sistemático-constante), predispone a los sujetos a reacciones viscerales e improvisadas para hacer frente a situaciones, que con antelación al confinamiento, se resolvían (o enfriaban) en razón del propio contacto episódico (cuantas veces no discutimos por la mañana y de vuelva en casa todo había pasado). Pero ahora, en medio de la cuarentena, los acontecimientos y problemas se anquilosan en el presente, en el “ahora” -parafraseando a Benjamín-, con lo cual, la vieja y natural fórmula del: “esto se arregla solo” pierde efectividad, puesto que vivir el presente exige respuestas inmediatas a los hechos, exige por tanto reflexividad, capacidad de complejización y claridad mental. Y he aquí, el segundo efecto del encierro visualizado por Goffman, la mutilación del yo, que refiere a los cambios en la estructura psicológica de los individuos que los llevan a ser algo distinto de lo eran (antes del encierro). Desde esta perspectiva, la violencia doméstica no es más que la fallida y disfuncional adaptación psíquica de los sujetos al claustro, desadaptación que los lleva a actuar de manera distinta a como lo harían por fuera de él. Así, esta mutilación devela lo antinatural que resulta la coexistencia familiar forzada al interior de los hogares en las sociedades modernas, y rompe de manera colateral, con la romántica idea de la inherencia estructural, esa que en todo momento y lugar, presupone que la familia es (y será) la base funcional de la sociedad.

La sensación de tiempo perdido y la mutilación del yo, decantan de esta manera, en la desculturización, que no es más, que la pérdida del sentido de realidad que experimentan los sujetos, en la medida que se ven obligados a modificar su pautas culturales cotidianas a causa del confinamiento, cayendo por cuentas en la extrañeza, la improvisación y el aprendizaje por error. En otros términos, la reclusión pandémica nos ha obligado a modificar la forma de interacción entre los sujetos, de manera tal, que las estrategias y recetas de conductas externas al hogar no presentan funcionalidad en su interior, por ende, es necesario adaptarnos a este nuevo ambiente atomizado, que si bien no llego para quedarse, si pasará a formar parte del pool de escenarios futuros. Con esto, la violencia doméstica sólo podrá evitarse, si reciclamos las pautas culturales y reconceptualizamos el hogar como un lugar de permanencia -y no de tránsito-, donde confluyen y coexisten diversas realidades que es necesario conocer para respetar. La punta de esta desculturización entonces, apelada a conocer a los integrantes de la familia más allá del rol y del estatus, a resignificar los espacios y los tiempos, a autoexigirnos la tolerancia, en resumidas cuentas, a transformarnos. Con todo esto, nunca la deconstrucción de imaginarios y discursos  resultó más apremiante para permanecer juntos. 

*El contenido de esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de quien la escribe y no representa necesariamente la postura de la Fundación Base Pública.

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